Tuesday, January 18, 2011

17-Hay olor a descontrol.

Aquí da comienzo, quizás la parte más divertida. Por lo que debo aclarar algo previamente, un poco a modo de reflexión. Desde mi quiebre que derivó en depresión y posterior euforía del 2003, tomé como actitud fuertes premisas budistas. La autosuperación, el enfrentar los obstaculos, tratar de transformar el ambiente circundante, etc. Con este razonamiento, quizás mi mejor forma de lidiar con el trance en el que me encontraba era enfrentarlo con humor. Desde que me habían operado de chico, nunca gusté de los hospitales. Aunque creo que eso es solo anecdótico, casi nadie se siente feliz de estar internado. Por ello, en esta primera estadia de ocho dias, hubo hechos que contradicen o se oponen al ambiente opresivo-depresivo de la enfermedad. Creo que en mi mentalidad actual, intentaba sonreir en las peores circunstancias. Esto puede parecer contradictorio, pero mi idea era pasar por el infierno lo mejor posible. Estamos entrando en el terreno de lo bizarro y lo satírico, donde la realidad se convierte en un mosaico multicolor dificil de categorizar a grosso modo.
Por intermedio de Leandro fue que conocí a Oscar, también con un tubo conectado, pero debido a un cancer de pulmón. El tubo que teniamos conectado, terminaba en una botella chata con solución salina. Este drenaje era para compensar la presión interna del torax, volverlo a la normalidad y también limpiaba de sangre el interior. La solución de la botella variaba en color. Rojo granadina la de Oscar, naranja en Leandro y un par de tonos menos en el mio. Debo decir que de los tres, mi caso era el más leve. En esa semana, nos hicimos muy compinches. Cada mañana, los médicos hacian una ronda. Se paraban delante de cada cama y pasaban exposición del caso y las novedades. Creo que también lo que sería en el futuro de cada paciente. Era un clásico que en la ronda matutina no encontraran a ninguno de "los toracicos", como comenzaron a apodarnos. Esa camarilla rebelde que se iba a tomar una cerveza al buffet del hospital. El siguiente dialogo fue muy frecuente en esos dias.
-Donde está el paciente tal?-preguntaba un médico.
-Es uno de "los toracicos."-respondía una enfermera.
-Busquenlos en el buffet.-acotaba otro médico.
Nuestros escapes solo dejan ver como intentabamos lidiar con la situación complicada de cada uno. Entre los tres habiamos encontrado un refugio para pasar el temporal. Esto lo veía, aún lo veo hoy, como un representación de la ley. El paraiso son los demás decía Hector Germán Oesterheld. Si algo deseo recordar de esos dias, son estas locuras que hacíamos. Como aquella vez en que Oscar salió del hospital para ir al "Plaza Vea" (hipermercado que no existe más) a comprar galletitas. Claro que tomó por Felipe Vallese, donde en la esquina hay un bar en el que tomaban café varios de los doctores que lo conocían.
-Que hacés afuera del hospital?-lo retó el médico.
-Voy al "Plaza Vea" a comprar galletitas.-respondió el con total naturalidad, como si tal cosa fuera lo más común del universo.
En parte, esto es lo natural, ir a comprar galletitas es tan socialmente establecido como caminar por la plaza. ¿A quien se le puede prohibir tal cosa? Claro, que si estás internado por una enfermedad grave, las prioridades cambian radicalmente.
Leandro tenía unos coagulos en la espalda, debido al trauma con el colectivo. Por esto, en esos dias, fue operado. Como al cuarto o quinto dia de estar yo ahí, lo operaron y estuvo en terapia intensiva. Colarme en terapia, donde no dejan entrar otra cosa que familiares, no fue cosa fácil siendo un paciente del hospital. Por suerte, yo para ese entonces no tenía más el tubo y entré como si fuera de la casa, como quien dice.
Le sacamos un par de canas verdes a los del hospital, haciamos tal descontrol como ningún otro paciente. Tengamos en cuenta que rajarse del predio del hospital es un riesgo para todos. Si algo te pasa afuera siendo un paciente, los médicos tendrían un lio de aquellos. Yo me escapé un par de veces al ciber, miraba los mails, posteaba en un blog. Un dia, nos fuimos con Rodrigo y Guille a tomar un café al bar de la esquina.
Además de las fugas, hubo otros hechos desopilantes que merece la pena contar, por lo menos los que recuerdo. Una vez, a Oscar le estaban tomando la temperatura y luego de un rato, se percataron... que había roto el termometro! Todo un personaje! Otro dia, la psicologa lo fue a visitar y charlaron largo rato. Oscar quería más que nada chamuyarsela, pero no se dio cuenta que se habia acostado arriba de su drenaje. El resultado fue tan de película que no resulta creible pero juro que es totalmente real. Yo me enteré muy luego de lo que había sucedido. Pasé delante de su habitación y lo saludé, estaba algo lejos pero aun así noté que algo raro tenía. Estaba más hinchado, tanto que parecía el gordo Lanata pero en versión más petisa. Luego me explicó lo ocurrido, el drenaje casi le genera una especie de embolia. Se había hinchado de tal forma, con aire literalmente hablando, que se sentia al tocarlo en el brazo las burbujas. Se sentia como tocar uno de esos muñecos de peluche que están rellenos de bolitas de telgopor. Era increible, pero real, Ripley morite de envidia.
Otro hecho para recordar, fue cuando vino a visitarme Guillermo y me encontró saliendo al jardin. Cuando volvimos a la habitación, bromeo con clara intención de chiste.
-Y no se me escape más.-
-Eh, eh, eh, las manos fuera, poli.-le seguí la corriente yo.
El chiste quedó ahí y yo me senté en mi cama, mientras Guille se sacaba la gorra, la tonfa, etc. Yo jugueteaba con esa macana, cuando entra una enfermera con otro flaco, que supongo también era enfermero. Esta mujer, a quien apodamos Chuky, por similitudes fisonómicas, encaró a Guillermo.
-Pasó algo?-inquirió ella en tono grave.
Nos miramos con guillermo extrañados y yo no pude contener más la risa.
-No, no se preocupe, es un amigo mio.-le expliqué conteniendo una carcajada.
-Ah, bueeeenoo.-soltó aliviado el otro flaco.
No les gustó un corno la joda, pero nosotros nos desternillamos de risa cuando se fueron. Parece que algún otro paciente vio la broma nuestra en el pasillo y fue corriendo a contarles. Yo no lo podía creer, se notaba que mi tono y el de Guille era joda. Los enfermeros escucharon, que un policia traía de nuevo a un paciente y se pegaron el jabón de su vida. Fue desopilante! Nos cerraban la puerta del quinto piso, de cirugia. Podías salir pero tenías que golpear para que abrieran cuando volvías. En una que no venían, saqué las llaves de casa y con la panzona de tambor corrí el pestillo. Improvisar una ganzúa con una llave común, no cualquiera!
Todas estas acciones, solo se explican por dos factores. La camarilla que habiamos formado al hacernos amigos en pocos dias y el caracter de cada uno. Ninguno quería ser como los otros pacientes. Dóciles, apocados, más cerca del arpa que de la guitarra. Nosotros presentabamos rebeldía ante la muerte, aunque supieramos que ella siempre tiene la última palabra. Creo que nuestro razonamiento, por lo menos en mi caso, era "no pienso quedarme en la cama a deprimirme", "no quiero esperar la muerte sentado". Si por lo menos nos tocaba, sería en movimiento, no pasivamente. Evadirse, era nuestro modo de enfrentar lo que cada uno estaba atravesando. Evadirse, era una metáfora para evadir la depre. Creo que por eso, los médicos no tomaron medidas al respecto, en parte entendian nuestra actitud. Pero si, por lo menos, nos pidieron que no salieramos del predio del hospital. A lo que hicimos un limitado caso, más por el aprecio a los doctores nuestros que a una necesidad instintiva de no dejarse vencer.

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